martes, 27 de diciembre de 2011

Gran Hotel... gran descubrimiento

Me encantó Gran Hotel. No sé, pero como que no soporto mucho a Greta Garbo y no obstante aparecer en el crédito principal su personaje es parte de un grupo de protagónicos, pero no el de mayor peso. Pese a pronunciar su línea más célebre, y una de las más reconocidas en la historia del cine según una lista del American Film Institute con el top 100, este filme me gustó por encima de eso. Sus roles hiper dramáticos siempre me fastidiaron bastante, por eso, su mejor película,para mí, es Ninotchka, una comedia bastante elegante donde se atreve a sonreir (otro momento extraordinario y único en su carrera).

En mi opinión Joan Crawford se la lleva de calle. Su personaje es el de una secretaria, atractiva como todas las del cine, a todas luces con mayor experiencia sexual que la del resto de los personajes. Su confianza en sus atributos y sensualidad la dotan de un halo especial distinguible en todas sus escenas. Crawford nunca me pareció una mujer exuberante, pero en Gran Hotel, todavía muy joven, luce espectacular.

La cámara tiene buenos momentos. Sus movimientos, aunque generalmente cortos, son una buena insinuación de las intenciones del director, que por las dificultades técnicas de la época seguramente eran mucho mayores. Los ángulos también son juguetones y evitan la monotonía del filme. Más allá de la cámara la narración es ágil y mantiene la emoción desde el primer minuto. De una situación pasa a otra con las cortinillas clásicas de la época, y de un personaje a otro sin que caiga la emoción. Sin embargo, algunas cosas como la edición, la iluminación y la escenografía pudieron haberse mejorado, principalmente tomando en cuenta el presupuesto con el cual debió contar dado el elenco: Greta Garbo, John Barrymore, Lionel Barrymore y Joan Crawford, principalmente.

Una de las mayors cualidades de Gran Hotel son sus personajes. Todos ellos tienen momentos de luz y de oscuridad, como la personalidad de cualquiera. Aunque la historia puede funcionar como un alegato crítico de la sociedad, especialmente la alta, siempre elitista y capitalista, no me molestó totalmente porque la ambivalencia de los personajes está por encima de esto. El barón, caído en la quiebra, es profundamente educado pero igualmente se dedica a robar para conseguir dinero; la secretaria no oculta sus intenciones de conseguir a un protector, si se puede guapo mucho mejor; el empresario es el arquetipo del capitalista insensible preocupado solamente por hacer dinero y poniéndole un precio a todo; la bailarina va en decadencia total (profesional y moral); y, el trabajador Otto, aunque en general de buenos sentimientos su baja autoestima rige buena parte de sus actos y no duda en granjearse con dinero a la chamaca guapa (Crawford), cuando puede.

Al inicio del filme todos los personajes están buscando algo, a lo mejor hasta con cierta codicia pero también con mucha dignidad (salvo el empresario): éxito, dinero, escalar socialmente, etc. Al final, y creo es otro acierto del filme, con un sabor agridulce todos lograrán un cambio en sus vidas, todos habrán perdido algo para obtener algo, quizás superior. El barón es el caso más dramático. Educado como un caballero (como el mismo lo dice), aprendió a mentir y engañar, y lo podemos ver. En su intento por sobrevivir y cerrar un capítulo de su vida antes de empezar otro con la bailarina, encuentra la muerte a manos del empresario quien lo sorprende robándole su cartera. Al no oponer prácticamente ninguna resistencia, el barón salva su dignidad en ese instante, y su muerte, aunque definitiva evita algo que seguramente, dada su personalidad, le hubiera sido mucho más odioso: o no acompañar a la bailarina o vivir de ella. Me encantó la solución de este personaje.

Una escena permanecerá en mi cabeza: Cuando se conocen el barón y la secretaria hay un coqueteo juguetón que termina cuando el jefe de ella la llama para tomar dictado. En el coqueteo hay insinuaciones sexuales tales como "cuando me tomas dictado a mi" y cosas por el estilo, pero aún así me parece sorprendente lo sucedido en la despedida. Ella le da la espalda a Otto y al barón, pues los tres charlaban, y cuando se retira, el barón, con delicadeza más que haciéndose el chistoso, le toca (más cercano a la caricia sensual que a la nalgada juguetona) una nalga, y lo mejor es la reacción de ella: ni siquiera se inmuta, como si no lo notara. ¡Genial! Eso es saber lo que un hombre (como espectador) recordará.

Es una gran película con buens actuaciones en enormes personajes. Hasta cierto punto es entendible como consiguió ser la Mejor Película en los Oscar sin haber tenido ninguna otra nominación. Ojalá todavía se hicieran películas así... ¡cómo es que no había oído de ella antes!

viernes, 23 de diciembre de 2011

Películas pendientes

Algunas películas gringas que he querido ver y, por alguna razón, no he podido:


  1. Desde el infierno
  2. Memento
  3. Sweeney Todd: El barbero demoniaco
  4. El secreto de Mary Reilly
  5. El apartamento
  6. Frankenstein (1931)
  7. Drácula (1931)
  8. La novia de Frankenstein
  9. The Quiet Man
  10. La diligencia
  11. Drácula de Bram Stoker
  12. Los fabulosos Tanenbauns
  13. El jardinero fiel
  14. Frankenstein de Mary Shelley
  15. Rebeca
  16. La mancha voraz
  17. Suspiria
  18. Rashomon
  19. La hora del lobo
  20. El gatopardo
  21. El fantasma de la libertad
  22. Bailando en la oscuridad
  23. El maestro de go
  24. Un hombre serio
  25. Temple de acero
  26. El despertar del diablo
  27. El despertar del diablo II
  28. Control
  29. Dr. Jekyll and Mr. Hyde (1920)
  30. Cape Fear (1962)
  31. Roman Hollyday
  32. Double Indemnity
  33. Scarface (1932)
  34. El día que paralizaron la Tierra
  35. Qué pasó con Baby Jane
  36. Harry el Sucio
  37. El cantante de Jazz
  38. La cosa
  39. A la hora señalada
  40. Matar a un ruiseñor
  41. La pícara puritana
  42. Qué bello es vivir
  43. Desde el jardín
  44. Butch Cassidy and The Sundance Kid
  45. Once Upon a Time in the West
  46. Once Upon a Time in America
  47. Nace una estrella
  48. Fear and Loathing in Las Vegas
  49. Mary Poppins
  50. Los caballeros las prefieren rubias


Actualización (22/09/2012):

Ahora me doy cuenta de la casualidad que hayan sido justamente 50 títulos. Me sorprende que a casi un año de haber hecho, si bien no he visto todas, he tenido la oportunidad de ver la mayoría, casi todas.



jueves, 22 de diciembre de 2011

Del corazón al cerebro en el monstruo

El mito del monstruo ha cambiado a lo largo de la historia. Me llama la atención como actualmente, y supongo en todas las épocas, su naturaleza refleja la mentalidad de la sociedad. Antes al vampiro se le mataba con una estaca en el corazón, al hombre lobo con una bala de plata, una bala de pureza, algunos monstruos, como los fantasmas, podían enamorarse y allí encontraban su debilidad. Ahora todo es más cerebral.
Desde mediados del siglo pasado el monstruo sufrió una metamorfosis radical: se hizo insensible. El aspecto sentimental de la monstruosidad paso de ser un aspecto fundamental de su personalidad desde la Edad Media a un componente inexistente en el siglo pasado. El cine ha sustituido a la tradición oral y a la literatura como forjador de los nuevos arquetipos y en un principio este cine se basó en los modelos clásicos de monstruos pero rápidamente creó los propios.
El hombre lobo es equiparable al instinto sexual absoluto, su monstruosidad es incontrolable, espontánea y además se alimenta de personas, de la carne. La bala de plata, blanca y brillante más las propiedades místicas inherentes al material, con la cual se le mata, funciona como símbolo de pureza. Esencialmente el hombre lobo es un ser torturado, víctima de una maldición de la que se libera solo a través de la muerte.
Drácula, tanto en la obra literaria como las innumerables adaptaciones cinematográficas, se enamora de Mina Harker y toda la trama es la lucha por la posesión del alma de ella. Por un lado Van Helsing, Jonathan Harker y sus amigos tratan, usandk conocimientos ancestrales, de evitarlo, por el otro, el vampiro solitario intenta atraerla hacia él. La seducción era una de sus armas y no por nada el erotismo emanado de la figura vampírica sigue siendo una de sus características arquetípicas y más reconocidas en este personaje.
Frankenstein es un caso especialmente interesante. Él se siente rechazado, hérido, y su debilidad será su tumba pues busca saciar esa necesidad afectiva, lo cual terminará por enfrentarlo con su creador, quien se niega a darle una compañera. Frankenstein es el triunfo del hombre de ciencia, en esto podría adaptarse muy bien a nuestro tiempo. Su nacimiento es intelectual pero su proceder está regido por sentimientos (nobles al principio, después de venganza). Su naturaleza puede apreciarse mejor en la obra de Mary Shelley que en las películas, donde la necesidad abreviar en las adaptaciones usualmente deja fuera toda su parte carismática.
Desde los años sesentas con los filmes de George A. Romero el zombi, y algunos años antes con el psicópata y asesino serial, el monstruo tiene otra naturaleza y su evolución toma un rumbo distinto. Tanto los zombis como los asesinos seriales carecen de sentimientos. El zombi, por ejemplo, ya no se mata con rituales místicos o conocimientos antigüos, su eliminación es más práctica, no pasa nada si se le dispara al corazón o con artefactos de plata, debe matarse su cerebro para aniquilarlo.
El psicópata, a veces asesino serial, también carece de sentimientos. No parece sentir piedad ni remordimientos y su proceder a veces es altamente intelectualizado. La inteligencia, más que el erotismo del vampiro, es su arma. Quizás su naturaleza monstruosa surja a raíz de problemas de represión de sentimientos, pero una vez formado como ente malévolo eso característica desaparece. La forma usual de matarlo, y popularizada en el cine, es urdir un plan, es enfrentarse a ello con el intelecto -no la tradición, no el collar de ajos, no las balas de plata ni los crucifijos- para poder atraparlos.
Actualmente, hasta los vampiros han dejado de lado al erotismo. Allí están los de la saga cinematográfica de Crepúsculo, que podrán catalogarse de guapos, pero no son sensuales, más bien corrientes, sin fineza, solo bonitos y arreglados. Y la saga de Harry Potter es otro ejemplo. Es un auténtico bestiario con hombres lobo, fantasmas, animales mitológicos o de otro tipo, perk siempre carecen de personalida`. No son personajes propiamente dichos, son apenas esbozos de los de antaño, eliminados con la tradición pero siempre ejecutada con un plan maestro.
Sí, nuestra sociedad es práctica, materialista, científica. Los monstruos románticos de antaño, los legendarios, los de las traciiones fundacionales de cada pueblo han perdido vigencia totalmente. Ahora, lo que no atente racionalmente no causa miedo: zombis, asesinos seriales, inteligencias alienígenas y hasta computadoras o robots en apariencia enajenados.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Después de leer Frankenstein de Mary Shelley (¡qué espanto!) me doy cuenta de que el famosísimo monstruo ni está formado por partes de otros cuerpos, y por lo tanto no tiene costuras, ni fue animado por la gracia de un rayo en una noche tormentosa. Son puros inventos cinematográficos. Igual lo son su torpeza al caminar, su corte de pelo (el literario es greñudo) y el "Igor" acompañante del científico... mentiras, mitos arraigados con más fuerza que la mismísima obra original. Exageré, el ayudante proviene más bien de una obra de teatro, pero igualmente es ajeno a la novela.

Por la estructura del texto de Shelley ha de ser difícil de adaptar al cine: son historias dentro de otras historias. Todo parte del diario de un capitán de barco, quien narra su encuentro con el doctor Víctor Frankenstein; el doctor le platica su vida y como llegó al momento descrito en el diario, en el cual intenta atrapar a su hijo; dentro del recuento de sus penurias, el científico menciona una conversación con el monstruo y descendemos otro nivel; con los recuerdos del monstruo nos enteramos como intentaba sobrevivir después de ser abandonado; aún más, el monstruo narra su interacción con una familia intentando sobrevivir en condiciones paupérrimas y bajamos otro poquito,  aunque con él mismo narrando, para enterarnos de como cayó esa familia en tal suerte.

Es esa parte, la plática entre monstruo y creador, donde encuentro la mayor riqueza (no solo emotiva) de la novela, pero también es la que casi siempre se obvia en las películas con el afán de volver espectacular la trama. Y es que de entrada la premisa de un científico creando un monstruo que se le voltea para buscar venganza tiene mucha pasta para historia de acción y de aventuras. Aunque muchas de las características del monstruo podrían parecer ingenuidades intelectuales hoy en día (como su prodigiosa capacidad para aprender), no puedo evitar verlo a partir de esos detalles como mi personaje favorito del libro.

Esa onda del romanticismo de exaltar al hombre como individuo aislado, cuyo perfecto ejemplo es el doctor Víctor F., es también muy actual y seguro por eso me cayó tan mal. Primero, cegado en conseguir lo imposible logra darle vida (y consciencia) a un ser. ¿Qué culpa tenía ese ser de tener vida? Y luego, según él arrepentido y horrorizado pasa por alto la consciencia de su creación y ¡emprende su cacería! ¡qué pasa con su irresponsabilidad! La omisión de las razones y argumentos del monstruo, en el cine, vanalizan a este personaje y justifican la postura de Víctor F., el verdadero monstruo con piel de héroe.

Para colmo, el final cinematográfico del monstruo siempre es retratado como consecuencia de la justicia: o lo busca todo un pueblo para lincharlo o se inmola junto a Víctor. Pero la verdad es que en la narración de la autora luego de ver morir al doctor se escapa con la despedida única de que él mismo desea ya la muerte, pero eso no es una garantía de que vaya a matarse, no en la novela de Shelley, dejando el final abierto. Y queda abierto porque la historia está llena de arrepentimientos y cambios de decisiones: el doctor reniega al crear a su monstruo, luego vuelve a recular cuando accede a darle una compañera, se la vive arrepentido por las muertes que ha causado en complicidad con el monstruo y que pudo evitar hasta con cierta sencillez, etc. ¿Por qué el monstruo no iba a arrepentirse de su decidida muerte? Sí, prefiero pensar que el monstruo siguió vivo en algún lugar del Polo Norte, y a lo mejor, por alcanzar la vida de una manera peculiar la muerte tampoco lo alcanzará en mucho, mucho tiempo.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Al final, La Venus de las pieles se me hizo una novela muy triste y no sé que fue peor, Severino asumiendo como enfermedad sus gustos o verlo abandonado por su Venus, después de tanta entrega y sacrificio. Para una relación tan apasionada el final es demasiado frío y calculado, si la intensión era sentir una curativa cubetada de agua helada para las calenturas del pobre Sever, pues estuvo bastante bien, sino era esa la intención me parece que pudo darle un final menos moralista.
Lo que si está para tomarle en cuenta a Sacher-Masoch es señalar la inequidad entre mujer y hombre (en cuanto a trabajo y educación) como el factor determinante del fracaso de sus relaciones. A lo mejor con su conclusión termina condenando cualquier relación, pues a fin de cuentas la equidad, como en las básculas, es un balance estático, sin el dinamismo inherente al ser humano. Hombres y mujeres cambian, igual a sus roles en la sociedad, y es la lucha constante por compensar esa equidad lo que termina siendo la relación. La lucha en la pareja (y en cualquier tipo de relación) es algo permanente, no la razón del fracaso... ¡Chale! Aunque lo niegue creo tiene algo de razón.