miércoles, 21 de diciembre de 2011

Después de leer Frankenstein de Mary Shelley (¡qué espanto!) me doy cuenta de que el famosísimo monstruo ni está formado por partes de otros cuerpos, y por lo tanto no tiene costuras, ni fue animado por la gracia de un rayo en una noche tormentosa. Son puros inventos cinematográficos. Igual lo son su torpeza al caminar, su corte de pelo (el literario es greñudo) y el "Igor" acompañante del científico... mentiras, mitos arraigados con más fuerza que la mismísima obra original. Exageré, el ayudante proviene más bien de una obra de teatro, pero igualmente es ajeno a la novela.

Por la estructura del texto de Shelley ha de ser difícil de adaptar al cine: son historias dentro de otras historias. Todo parte del diario de un capitán de barco, quien narra su encuentro con el doctor Víctor Frankenstein; el doctor le platica su vida y como llegó al momento descrito en el diario, en el cual intenta atrapar a su hijo; dentro del recuento de sus penurias, el científico menciona una conversación con el monstruo y descendemos otro nivel; con los recuerdos del monstruo nos enteramos como intentaba sobrevivir después de ser abandonado; aún más, el monstruo narra su interacción con una familia intentando sobrevivir en condiciones paupérrimas y bajamos otro poquito,  aunque con él mismo narrando, para enterarnos de como cayó esa familia en tal suerte.

Es esa parte, la plática entre monstruo y creador, donde encuentro la mayor riqueza (no solo emotiva) de la novela, pero también es la que casi siempre se obvia en las películas con el afán de volver espectacular la trama. Y es que de entrada la premisa de un científico creando un monstruo que se le voltea para buscar venganza tiene mucha pasta para historia de acción y de aventuras. Aunque muchas de las características del monstruo podrían parecer ingenuidades intelectuales hoy en día (como su prodigiosa capacidad para aprender), no puedo evitar verlo a partir de esos detalles como mi personaje favorito del libro.

Esa onda del romanticismo de exaltar al hombre como individuo aislado, cuyo perfecto ejemplo es el doctor Víctor F., es también muy actual y seguro por eso me cayó tan mal. Primero, cegado en conseguir lo imposible logra darle vida (y consciencia) a un ser. ¿Qué culpa tenía ese ser de tener vida? Y luego, según él arrepentido y horrorizado pasa por alto la consciencia de su creación y ¡emprende su cacería! ¡qué pasa con su irresponsabilidad! La omisión de las razones y argumentos del monstruo, en el cine, vanalizan a este personaje y justifican la postura de Víctor F., el verdadero monstruo con piel de héroe.

Para colmo, el final cinematográfico del monstruo siempre es retratado como consecuencia de la justicia: o lo busca todo un pueblo para lincharlo o se inmola junto a Víctor. Pero la verdad es que en la narración de la autora luego de ver morir al doctor se escapa con la despedida única de que él mismo desea ya la muerte, pero eso no es una garantía de que vaya a matarse, no en la novela de Shelley, dejando el final abierto. Y queda abierto porque la historia está llena de arrepentimientos y cambios de decisiones: el doctor reniega al crear a su monstruo, luego vuelve a recular cuando accede a darle una compañera, se la vive arrepentido por las muertes que ha causado en complicidad con el monstruo y que pudo evitar hasta con cierta sencillez, etc. ¿Por qué el monstruo no iba a arrepentirse de su decidida muerte? Sí, prefiero pensar que el monstruo siguió vivo en algún lugar del Polo Norte, y a lo mejor, por alcanzar la vida de una manera peculiar la muerte tampoco lo alcanzará en mucho, mucho tiempo.

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